31 Octubre 2018

Rubí y la fatídica Noche de Haloween

La sombría noche de los muertos es siempre una fecha señalada. Existe una leyenda, poco más que cuatro palabras mal juntadas en un manuscrito, que relata la escalofriante historia que se desarrolló en un pequeño pueblo de los Pirineos.


Cuentan las lenguas que, en una de las plazas de la población, había una pequeña tienda de mascotas. La dueña, una mujer de avanzada edad, tenía cura de todos y cada uno de los gatos abandonados que se aventuraban por las calles de aquel pequeño pueblecito. Cada día, durante el ocaso, se acercaban decenas de gatos abandonados a la puerta, y ella los alimentaba con unas latas de distintos sabores. Les volvía locos, y los gatos volvían con el estómago repleto cada noche a su escondrijo.


No obstante, muchos de los vecinos estaban molestos por la presencia de todos aquellos gatos callejeros en el pueblo y tomaron ciertas medidas para erradicar a aquellos animales dándoles caza con veneno, trampas o armas de fuego.
La dueña de la tienda quedó horrorizada por los actos cometidos por sus vecinos, ya que veía que cada vez venían menos felinos a comer cuando caía el Sol. Se trataba de una mujer muy bondadosa y generosa con los demás, además de devota, por lo que decidió rezar por las almas de aquellos gatos fallecidos y pedir que se acabaran las muertes en el pueblo.


Al día siguiente, en el mercado, muchos de los vecinos comentaban que habían tenido una pesadilla. Un gato de garras plateadas, ojos color rubí y unos dientes afilados y traicioneros, se les aparecía en sueños y les advertía del porvenir. Les obligaba a adoptar a todos aquellos gatos que se encontraran en la calle, a alimentarlos con latas de la tienda para que crecieran altos y fuertes, y a hacerse cargo de ellos. De lo contrario, correrían la misma suerte que ellos. Les extrañó, ciertamente, pues era de extrañar que una parte de los pueblerinos hubieran soñado con la misma historia, pero ni una sola persona se aproximó aquella noche a por uno de los gatos que se acercaban a la tienda.


Pasaron los días con normalidad, hasta que la anécdota del sueño y el gato pasó desapercibida. Pero la noche del 31 de octubre la mirada de la dueña de la tienda de animales cambió por completo. Se encontraba en la puerta, como siempre, repartiendo las latas entre un par de docenas de gatos, cuando de repente lo vio.


Sus ojos comenzaron a brillar de entre la multitud felina. Dos perlas rojas que se abrían paso lentamente entre todos los gatos, dejando tras de sí un rastro oscuro y fugaz. Zarpas plateadas y afiladas, más propias de un león que no de un gato, y cada vez que se relamía se dejaban entrever unos colmillos finos como agujas. Ella lo reconoció. Aquel pelaje, sedoso y brillante pero imponente, era que describían los vecinos, era el gato de los sueños.


Se acercó majestuosamente hasta una de las latas y lo engulló sin miramientos. La mujer lo miró, fijamente, y pudo ver como él lo observaba.


-Te llamaré Rubí, pequeño gatito. –dijo la dueña de la tienda.


Él se relamió y dio media vuelta, desapareció entre la multitud y se perdió por las calles. Durante la mañana siguiente no había ni un alma en todo el pueblo. No se escuchaba más que el viento resoplar entre los árboles y una neblina baja se adueñó de la calzada. La mujer, asustada, recorrió todo el pueblo en busca de alguien que le pudiera explicar por qué no había nadie, pero fue en vano.


Se encerró en su casa, sola, esperando encontrar respuestas que, por desgracia, no tardarían mucho en llegar. El ocaso llegó al pueblo, y la mujer decidió salir a la puerta de la tienda para, como de costumbre, ver si llegaban los gatitos. Nada ocurrió. Estuvo una hora, sola, sentada sobre su silla de mimbre con las latas en una bolsa, una hora de incertidumbre y preguntas que no hacían más que ir en aumento.


Pero todas y cada una de ellas se respondieron. Desde la montaña se comenzaron a oír cientos de maullidos. Observó la ladera que daba al pueblo y pudo ver como cientos de gatos se deslizaban por ella en dirección al pueblo. En cuestión de minutos cada tejado, cada calle, cada esquina, estaba ocupado por decenas de gatos. En la tienda, se abalanzaron sobre las latas y ella, asustada, observó desde la cristalera cómo cada vez llegaban más y más gatos.


A lo lejos, en uno de los tejados, pudo reconocer el brillo peculiar de un rojo intenso. Dos estrellas rojizas que meneaban su cola incesantemente, una figura erguida que se jactaba de haberse adueñado, al parecer, de toda la población de aquel pequeño pueblecito.


Hay gente que cree que la mujer enloqueció y acabó perdida por el bosque. Otros cuentan que se alió con Rubí y sembró el pánico por los pueblos de alrededor. Algunos creen que, cada vez que le das una lata de Retorn, tu gato se siente protegido por el espíritu de la tendera y Rubí.


¿Curioso no? Menos mal que nosotros no creemos en fantasmas… ¿O sí?


Feliz Halloween
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